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Nuestros Alimentos

// February 17th, 2010 // No Comments » // Uncategorized

Del libro, Yo Recuerdo, de DeRose.

Comíamos muchos cereales, raíces, frutas y hortalizas, huevos, leche, cuajada, queso y manteca. Algunas tribus del noroeste se alimentaban también de peces, pero en nuestra región considerábamos primitivismo agarrar un animal, ave o pez, matarlo brutalmente y devorarlo como lo hacen los predadores más salvajes.
A nosotros nos gustaban las cabras y búfalos, pero no lográbamos sentir afición por los tigres que mataban y dilaceraban a nuestros animales y parientes. La mayor parte de las familias ya había perdido por lo menos un ser querido muerto por algún animal carnívoro. No podíamos rebajarnos al mismo nivel animal de las fieras.
Como observábamos mucho la naturaleza a nuestro alrededor, percibíamos que los animales vegetarianos eran amistosos y podían ser amansados al punto de trabajar con nosotros, y los dejábamos dormir a nuestro lado sin peligro de ser atacados por ellos en medio de la noche. Ningún animal carnívoro puede ser domesticado para trabajar para nosotros, para ser montado o para tirar de una carreta. Solamente el perro se aficionó al hombre e, incluso así, no nos daba leche ni tiraba de nuestros arados, y sólo servía para montar guardia, representando muchas veces un peligro para nuestros vecinos.
Notamos también diferencias entre las tribus, que podían ser atribuidas a los hábitos alimenticios. El cuerpo de los que no se alimentaban de las carnes muertas de los animles era más saludable, la piel linda y suave, el semblante apaciguado y amistoso. Los del noroeste, además de ser físicamente más rudos, cuando algo les desagradaba aceptaban tranquilamente herir al enemigo, pues estaban habituados a derramar la sangre de los animales.
Nuestras comidas también eran más sabrosas y aromáticas. Cierta vez probamos la comida hecha por un clan nómade que nos visitó. Por la carne, claro está, sentimos repulsión y no quisimos ponerla en la boca, hasta por una cuestión de higiene. Pero aceptamos algunos vegetales que la acompañaban. No tenían gusto a nada. Era como si ellos creyesen que la comida era la carne, y no precisaba de condimentos. El resto no merecía ningún cuidado especial. Cuando les ofrecimos nuestros vegetales preparados en el horno, con leche y manteca, condimentados con hierbas y semillas aromáticas, dejaron a un lado la comida de ellos y prefirieron la nuestra. También nos pareció que no conocían el arte de hacer pan, pues, siendo nómades, no plantaban cereales, y así daban preferencia a la caza y a la pesca.
Teníamos varios tipos de pan, cada cual con una selección de granos y hierbas y con una forma diferente. Pero era siempre pesado y duro. Cuando pregunté a mi madre si no podía ser más blando, ella se rió, hizo una mueca y no me respondió. Le hice otra mueca y continué masticando mi pedazo de pan. Más tarde descubrí que podía dejarlo un poco en la leche y conseguir la consistencia deseada.
Una plato delicioso que preparábamos era una combinación de granos, dejados en remojo con hierbas aromáticas durante la noche. En verano, comíamos ese plato crudo, acompañado de cuajada. En invierno lo cocinábamos y lo servíamos todavía humeante.
Nuestra familia tenía un cariño especial por un arbusto que daba unas semillas redondas, oscuras y brillantes, que eran molidas y guardadas para agregar a algunas recetas. Además de perfumar el alimento y enriquecer el sabor, se decía que tenían la propiedad de aumentar la energía para el trabajo y evitar enfermedades.

LAS MAÑANAS DE MI INFANCIA

// June 16th, 2009 // 1 Comment » // General

Me acuerdo de una linda mañana de sol, en que los campos floridos ondulaban con la brisa fresca. Yo debía tener unos cuatro años de edad y mi madre me enseñaba cómo caminar por el sendero de tierra evitando pisar las hojas secas para no herir a alguna serpiente que estuviese durmiendo y no percibiese nuestra aproximación, decía ella. Según mi mamá, la serpiente no era mala y no me mordería por mal sino por miedo de mí, que era un animal mucho mayor que ella.
Mamá me enseñaba también a percibir el ruido particular que cada animal, ave o insecto hacía al desplazarse o al acechar. De hecho, cuando empecé a prestar atención, podía perfectamente separar el ruido del viento en la vegetación, del llamado de un insecto casi imperceptible y del leve aletear de un ave de rapiña planeando bajo para cazar un roedor desprevenido. Un día ella me dijo:
—¡Shhh! Escucha.
Pero no oí nada. Entonces, apuntó con el dedo mayor, como era costumbre en nuestro pueblo. Miré y no vi nada. Pero comencé a percibir un leve ruido como si fuese una lija pasando levemente sobre el piso arenoso.
—¡No te muevas, para no asustarla!
En pocos instantes, vimos una majestuosa cobra amarronada de unos dos metros de largo que salía de atrás del matorral. Por todo lo que mi madre me enseñó, puedo decir que le debo la vida varias veces.
Pasábamos la mañana entera jugando a agujerear el suelo de tierra blanda con el dedo pulgar y tirando dentro de los orificios unas semillitas. Después, pasábamos algunas semanas jugando a colocar
agua y estiércol de vaca en torno de cada lugar plantado. También debíamos conversar y reír bastante por allí cerca. Mamá decía que si la semilla escuchaba nuestra conversación y nuestras risas, sacaría la cabecita para ver lo que pasaba. Entonces, nos quedábamos días y días conversando y contando cosas divertidas, esperando ansiosamente que la semilla asomase la cabeza fuera de la tierra.
Mi madre tenía razón. Después de algunos días vi, con alegría imposible de describir, el primer brote saliendo al sol. Y después otro, y otro.
—Ahora—me dijo ella—debemos mostrar a las plantitas que el mundo aquí afuera vale la pena. Vamos a estar siempre felices unos con los otros, para que las plantitas no vuelvan para adentro. También debemos cuidar de ellas porque, pobrecitas, no pueden desplazarse como nosotros para ir a beber agua cuando tienen sed, ni para huir cuando alguien va a pisarlas.
Colocamos protecciones de bambú a su alrededor y todas las mañanas les dábamos agua, porque era verano y el calor era muy fuerte. Había días en que teníamos que protegerlas del sol y cubríamos una gran área con una tela casi transparente y ya medio vieja, pero que era mantenida inmaculadamente limpia. Nunca pregunté por qué se lavaba esa tela, si iba a quedar expuesta al sol y al viento que, a veces, levantaba nubes de polvo rojizo. Pero, incansablemente, las mujeres de la aldea lavaban metros y metros de tela, siempre cantando y riendo de las cosas más simples. Cierta vez, la causa fue una rana que saltó dentro de la cesta de mimbre. Una de las mujeres comentó que la rana estaba queriendo casarse y, por ese motivo absolutamente ingenuo, las mujeres rieron hasta el atardecer.

Extraído del libro Yo Recuerdo, de DeRose

La Puesta del Sol

// June 16th, 2009 // No Comments » // General


Extraído del libro Yo Recuerdo, de DeRose

Cuando el sol se ponía, todos dejábamos lo que estuviésemos haciendo y nos quedábamos en pequeños grupos observando el crepúsculo. Las familias se reunían, los niños se encaramaban en los hombros de los mayores o en el regazo de los padres. Las parejas se abrazaban y acariciaban.
Ésa era la hora de hacer las paces, si alguien todavía estaba resentido por alguna cosa; era también la hora de recitar poesías casi siempre compuestas de improviso, allí mismo. Siempre fue muy fácil para nuestro pueblo componer poemas de amor al ponerse el sol, pues los rostros quedaban dulcemente iluminados por el color anaranjado del sol poniente.
No teníamos noción de lo que era aquel disco luminoso en el cielo, pero sabíamos que era lindo y que a él le debíamos nuestra vida, la luz que nos iluminaba, el calor que nos calentaba en el invierno. No imaginábamos que fuera alguna divinidad sino un fenómeno natural como el rayo, el trueno o la lluvia, y lo reverenciábamos con gran respeto y afecto.

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