Archive for Mensajes

Pránáyáma

// August 1st, 2009 // No Comments » // Mensajes

Prána, la energía vital penetra nuestro cuerpo por los laberintos respiratorios. Lleva la bendición de la vida hasta nuestro pecho y de él, hacia todo nuestro ser, físico y sutil.
Prána, la energía biológica sin la cual ninguna forma de vida animal o vegetal sería posible.
Prána, que trae la cura y la regeneración celular. Para vivir, todos los seres necesitan respirar. Respirando, incrementamos vitalidad, revitalización, reconstitución de los tejidos, insuflándoles la propia vida.
Controlando los ritmos respiratorios, dominamos nuestras emociones y acciones. Alterando los niveles de profundidad de la respiración,
YÔGA ANTIGUO. SWÁSTHYA YÔGA S156 HÁSTRA
conquistamos nuevos estados de conciencia. Interfiriendo voluntariamente en el acto respiratorio cruzamos la frontera entre lo conciente y lo inconciente.
¡Eso es pránáyáma!

Prána, la energía vital
penetra nuestro cuerpo
por los laberintos respiratorios.

Lleva la bendición de la vida hasta nuestro pecho
y de él, hacia todo nuestro ser, físico y sutil.

Prána, la energía biológica
sin la cual ninguna forma de vida
animal o vegetal sería posible.

Prána, que trae la cura
y la regeneración celular.
Para vivir, todos los seres necesitan respirar.
Respirando, incrementamos vitalidad,
revitalización, reconstitución
de los tejidos, insuflándoles la propia vida.

Controlando los ritmos respiratorios,
dominamos nuestras emociones y acciones.
Alterando los niveles de profundidad
de la respiración, conquistamos
nuevos estados de conciencia.
Interfiriendo voluntariamente
en el acto respiratorio cruzamos
la frontera entre lo conciente
y lo inconciente.

¡Eso es pránáyáma!

Los árboles y las piedras.

// July 14th, 2009 // No Comments » // Mensajes


Fotografía: deviantart.com

Había una vez un niño lleno de ideas extrañas. Le parecía que el infinito era pequeño y que lo eterno era corto. Conversaba con los Árboles y con las Piedras, y se emocionaba con ellos, por la magnitud de lo que le contaban.

Un día los árboles le dijeron: −¿Sabes? En nuestro Universo cada uno de nosotros cumple lo que le cabe, por la satisfacción de hacerlo así. Ninguno de nosotros se exime de su parte. Los humanos pasan sus vidas haciendo sólo cosas que les resultan en tensiones, infelicidad y enfermedad. No hacen lo que realmente quisieran. Caen en el cautiverio de la civilización, trabajan en lo que no les gusta para ganarse la vida y la pierden, en vano, al no hacer nada bueno.

Por eso se vuelven malhumorados, envejecen y mueren insatisfechos. Procura vivir feliz como nosotros, pues nos alimentamos, respiramos y nos reproducimos de acuerdo con la Naturaleza. Así, cuando morimos, en realidad continuamos vivos en nuestras semillas y crecemos de nuevo. Ve y enseña esto a los que, como tú, pueden escuchar nuestras palabras. Harás feliz a mucha gente, libre de la esclavitud de la hipocresía.

El niño aún era pequeño para comprender la magnitud de lo que le proponían los árboles, pero estuvo de acuerdo en llevar ese mensaje a los hombres.
Pero las Piedras, que hasta entonces se habían mantenido muy quietas, comenzaron a hablar ¡y dijeron cosas aterradoras! Una Piedra mayor y cubierta de musgo, lo que le confería un aire anciano y sacerdotal, tomó la iniciativa y habló profundamente, despertando un eco dentro de su alma: −No, no debes cometer la imprudencia de llevar a los hombres el mensaje de los Árboles. Nosotros somos Piedras frías y fríamente juzgamos. Estamos aquí hace más tiempo que ellos y hemos visto el transcurso de esta pequeña Historia Universal de los humanos. Antes que tú, muchos recibieron ese mensaje y el encargo de recuperar la felicidad que los homínidos perdieron al ignorar las leyes naturales. Todos cuantos intentaron ayudar a la humanidad fueron perseguidos, difamados y martirizados. Cada uno conforme las costumbres de su época: crucificados en nombre de la justicia, quemados en plaza pública en nombre de Dios, y tantos otros martirios por los cuales tú mismo ya has pasado varias veces y lo olvidaste…

Hoy piensas que no corres más peligro y aceptas intentar otra vez. ¡Cuánta falta de sentido! Cuando comiences a decir las cosas que te transmitieron los árboles, primero van a intentar comprarte. Si no sucumbes al tintinear de los treinta dineros, entonces será preciso que seas realmente fuerte para permanecer de pie, pues empezarán a agredirte de todas las formas.

Pero el niño respondió prontamente. Tomó una rama en una de sus manos y una piedra en la otra, y gritó: −Este es mi cetro. Y este, mi orbe. Con vuestro reino elemental construiré nuestro santuario y en él reuniré a los que sean capaces de oír y de comprender. Las rocas mantendrán del lado de afuera a los incapaces y los leños calentarán, adentro, a los que hayan reconocido el valor de este reencuentro.

Los Árboles y las Piedras enmudecieron. Después, los Árboles lo ungieron con el rocío sacudido por la brisa y las Piedras depositaron en sus manos el musgo primordial que las vestía, como bendiciéndolo. En ese momento, los rayos del Sol se filtraban por entre las ramas y la niebla de la mañana. El niño miró y comprendió: si la luz fuera excesiva no ayudaría a observar, sino que ofuscaría el entendimiento. Entonces, agradeció a las ramas y a la niebla. Y aun a las Piedras que lo hacían tropezar para tornarlo más atento a los caminos que recorría. Y amó a todos… ¡hasta a los hombres!

Del libro Yôga, Mitos y Verdades de DeRose.

Había una vez un niño lleno de ideas extrañas. Le parecía que el infinito
era pequeño y que lo eterno era corto. Conversaba con los Árboles y con
las Piedras, y se emocionaba con ellos, por la magnitud de lo que le contaban.
Un día los árboles le dijeron:
−¿Sabes? En nuestro Universo cada uno de nosotros cumple lo que le
cabe, por la satisfacción de hacerlo así. Ninguno de nosotros se exime de
su parte. Los humanos pasan sus vidas haciendo sólo cosas que les resultan
en tensiones, infelicidad y enfermedad. No hacen lo que realmente
quisieran. Caen en el cautiverio de la civilización, trabajan en lo que no
les gusta para ganarse la vida y la pierden, en vano, al no hacer nada bueno.
Por eso se vuelven malhumorados, envejecen y mueren insatisfechos.
Procura vivir feliz como nosotros, pues nos alimentamos, respiramos y
nos reproducimos de acuerdo con la Naturaleza. Así, cuando morimos, en
realidad continuamos vivos en nuestras semillas y crecemos de nuevo. Ve
y enseña esto a los que, como tú, pueden escuchar nuestras palabras. Harás
feliz a mucha gente, libre de la esclavitud de la hipocresía.
El niño aún era pequeño para comprender la magnitud de lo que le proponían
los árboles, pero estuvo de acuerdo en llevar ese mensaje a los hombres.
Pero las Piedras, que hasta entonces se habían mantenido muy quietas,
comenzaron a hablar ¡y dijeron cosas aterradoras!
Una Piedra mayor y cubierta de musgo, lo que le confería un aire anciano
y sacerdotal, tomó la iniciativa y habló profundamente, despertando un
eco dentro de su alma:
−No, no debes cometer la imprudencia de llevar a los hombres el mensaje
de los Árboles. Nosotros somos Piedras frías y fríamente juzgamos. Estamos aquí hace más tiempo que ellos y hemos visto el transcurso de esta
pequeña Historia Universal de los humanos. Antes que tú, muchos recibieron
ese mensaje y el encargo de recuperar la felicidad que los homínidos
perdieron al ignorar las leyes naturales. Todos cuantos intentaron ayudar a
la humanidad fueron perseguidos, difamados y martirizados. Cada uno
conforme las costumbres de su época: crucificados en nombre de la justicia,
quemados en plaza pública en nombre de Dios, y tantos otros martirios
por los cuales tú mismo ya has pasado varias veces y lo olvidaste…
Hoy piensas que no corres más peligro y aceptas intentar otra vez. ¡Cuánta
falta de sentido! Cuando comiences a decir las cosas que te transmitieron
los árboles, primero van a intentar comprarte. Si no sucumbes al tintinear
de los treinta dineros, entonces será preciso que seas realmente fuerte
para permanecer de pie, pues empezarán a agredirte de todas las formas.
Pero el niño respondió prontamente. Tomó una rama en una de sus manos
y una piedra en la otra, y gritó:
−Este es mi cetro. Y este, mi orbe. Con vuestro reino elemental construiré
nuestro santuario y en él reuniré a los que sean capaces de oír y de comprender.
Las rocas mantendrán del lado de afuera a los incapaces y los
leños calentarán, adentro, a los que hayan reconocido el valor de este reencuentro.
Los Árboles y las Piedras enmudecieron. Después, los Árboles lo ungieron
con el rocío sacudido por la brisa y las Piedras depositaron en sus
manos el musgo primordial que las vestía, como bendiciéndolo.
En ese momento, los rayos del Sol se filtraban por entre las ramas y la
niebla de la mañana. El niño miró y comprendió: si la luz fuera excesiva
no ayudaría a observar, sino que ofuscaría el entendimiento. Entonces,
agradeció a las ramas y a la niebla. Y aun a las Piedras que lo hacían tropezar
para tornarlo más atento a los caminos que recorría. Y amó a todos…
¡hasta a los hombres!